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Aprendió con los maestros de campo Francisco Salmerón y Andrés Señor

El testimonio

– Aprendió con los maestros de campo Francisco Salmerón y Andrés Señor

Mi maestro se llamaba Francisco Salmerón y venía a casa un día sí y otro no. Yo ya era algo mayor cuando mi padre nos lo puso. Él era de Granada, y cuando llegaba a casa decía muy ligero, “bueenos diías; sentarse ustedes”. Nosotros, como no habíamos visto a nadie que hablara diferente, pensábamos, “¡qué bien dice el maestro los buenos días!”.

El maestro nos ponía cuentas en la pizarra (porque nos equivocábamos mucho), al otro día no venía, y al siguiente nos repasaba la tarea. O nos ponía en la parte de arriba de un cuaderno, “aprenderé a ayudar a mi padre”, o “vale más el saber que toda la riqueza”, para repetirlo en toda la página.

Mi padre no sabía leer y quería que nosotros no nos quedáramos como él, así que le decía al maestro que al que fuera torpe lo zumbara. La gente de antes eran ceporros. Tenía que haberle dicho que fuera fuerte con nosotros, pero no que nos pegara. Y el maestro tenía que haberse negado; ahora lo ve una. Mi hermana la mayor era muy lista. A ella no la pegaba, porque era una muchacha y él era un muchacho; digo yo.

Ese hombre se fue y vino otro maestro: Andrés Señor, que era una bella persona. En vez de dar una voz, cuando llegaba a la puerta hacía con una varilla, “tan, tan”.

Mi padre quería que mi hermano Cristóbal estudiara algo. Él quería ser guardia civil porque tenían una paga, y mi padre le decía que no estudiara eso, que era muy mal mirado. Un día estaba un guardia civil en mi casa y le dice mi padre: “Mi hijo quiere estudiar para guardia civil, pero yo le digo, ‘no hijo, que por donde quiera que vayas dice la gente de tí, ¡hijo puuuuta!’ ”. (¡Será posible que se lo diga al mismo guardia civil!). Y el guardia civil le dice, “¡nooo, nosotros no manchamos nuestra honra!”.

Cuando llegaba Andrés, Cristóbal muchas veces no estaba, y yo le decía, “no le diga usted a mi padre que Cristóbal no está”. Porque si no le pegaba. Andrés me decía, “pero tu padre está pagando para que estudie”. Yo recuerdo que le daba coraje que Cristóbal no aprendiera y le decía, “¡tú eres una verdadera calamidad!”. Pero la mano nunca se la levantó. Cristóbal aprendió, y cuando se fue a la mili nos escribía cartas.

Mi padre me decía que aprendiera porque quería echarse a la recova en una bestia, y que yo le ajustara las cuentas. Yo le decía, “papá ¿pero vamos a estar todo el día por ahí?”, y él me respondía, “sí, pero vas a muchos lugares y conoces a mucha gente”. Así me animaba un poco, porque yo no tenía ganas de aprender bien.

La persona

– Candelaria Ibáñez Atanasio

Nació en febrero de 1930.

Sus padres vivían en La Ahumada. Su madre tuvo doce hijos y dos veces mellizos. Se dedicaba a su crianza y a cuidar animales. Su padre trabajaba en el carbón, en las corchas, y vendía quesos de cabra.

Ella conoció a seis hermanos vivos, y el más chico tenía cuatro años cuando su madre murió de tuberculosis. A partir de entonces, cuando su padre salía a trabajar ellos se quedaban solos.

Candelaria tuvo cinco hijos. Su marido también trabajaba en las corchas.

Actualmente vive sola, en una casita de La Ahumada. Tiene una gran capacidad comunicadora y como transmisora de relatos y tradiciones orales.

Testimonio recogido en 2012.

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