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Se quedaba dormido mientras su maestro daba clase

El testimonio

– Se quedaba dormido mientras su maestro daba clase

Con siete años estaba guardando ovejas, y les llevaba a comer la bellota del alcornoque por Puertollano. Yo no las podía dominar, se empicaban y se metían donde no debían. Había guardas forestales que daban queja a mi padre, y cuando regresaba a casa me pegaba.

Yo era un muchacho y quería ser hombre; segar trigo, cuando eso se hacía a mano, y arar con una yunta de vacas. Más mayor, también hacía carbón. Mi madre estaba enferma y mis hermanas tenían que atender las casa y preparar la cena, porque al día siguiente había que ir a la faena. Entonces no había sábados ni domingos. Se trabajaba todos los días.

A mí me han salido trabajos buenos por ahí, y no los he podido coger por no tener estudios. A mí me hubiera gustado estudiar; haber sido algo… y no habría tenido que ir a Bélgica. Yo tengo buena memoria: donde he estado, recuerdo el color del paisaje y todo. Ahora, yo me siento orgulloso de que no teniendo estudios he sabido comportarme.

Tuve un maestro de pequeñillo; tendría yo nueve o diez años. Le decían Diego el de los Canastos. Los cinco hermanos dábamos clase con ese maestro. No sólo nosotros, sino que toda nuestra generación que vivía por los campos estudiaba así, aunque fuera unos meses o unos años. Algo se aprendía. Antes que Diego venía otro, pero no recuerdo su nombre.

Había días en que no venía porque llovía mucho, y los críos nos poníamos contentos. “Hoy no vendrá el maestro”. Cuando el maestro venía, mi padre le sacaba la manteca y el pan macho. A mi casa venía por la noche, porque nosotros de día estábamos con los animales. Un crío de esa edad, que tenía que madrugar y todo el día guardando animales, de noche estaba rendido. A mí me entraba sueño y él me daba un cocotazo. Eso es lo que más recuerdo.

Cuando era joven, siempre me ha gustado hablar con las personas mayores que yo. Los mayores me han explicado a mí luego que este Diego había estado en la guerra. Pero yo no le notaba nada, porque éramos unos críos, ni él hablaba de eso. En Bélgica, un campesino me contó que la guerra de España es una de las peores que ha habido. Que no se murieron más personas de hambre porque en sitios como éste se comen muchas hierbas salvajes, como la tagarnina.

Llegaba por allí un arriero que traía leña y carbón de los campos, la compraba por ná y menos, y la vendía bien; le gustaba robar muchísimo. Mi padre vio que ese hombre hacía las cuentas de memoria, y de ese modo se puso rico. Por eso mi padre decía que leer y escribir no era la felicidad de las personas. Él no sabía leer. A mi madre la conocí poco, porque me quedé huérfano de madre con diez años, pero mis tíos me contaban que cuando mi padre vendía animales, era ella quien hacía las cuentas.

La persona

– Rafael Meléndez Medina

Nació en 1934 y se crió en Puertollano. Eran siete hermanos. Trabajó en la agricultura, la ganadería y haciendo carbón.

Emigró a Bélgica y trabajó en una mina y en una fábrica de aluminio. De regreso en Tarifa se preparó para policía local y se empleó como jardinero.

Actualmente cultiva su huerto.

Testimonio recogido en 2012

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