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Francisco Trujillo daba clases en la gañanía del cortijo de Ramos

El testimonio

– Francisco Trujillo daba clases en la gañanía del cortijo de Ramos. El maestro Castillo enseñó a su padre y a sus tíos. Su madre les daba clases.

En el cortijo de Ramos conocí al maestro Francisco Trujillo. Él enseñaba a la familia de mi abuelo y de un hermano suyo, y en otros cortijos cercanos. En el cortijo los trabajadores dormían en lo que llamaban la gañanía. En la misma gañanía había una mesa grande, que es donde comía el personal, y donde el maestro nos daba clase. A algunos trabajadores jóvenes también “les daba lección” (como se decía entonces) por la noche, cuando terminaban la jornada de trabajo.

Nos enseñaba con una enciclopedia, y nos daba clases de lo que llamábamos “urbanidad”, que era el buen comportamiento de los chiquillos. Al entrar había que decirle, “buenos días (o buenas tardes) señor maestro”.

En el cortijo, había trabajadores que cobraban un pequeño sueldo más una parte de la producción al final de la cosecha del verano (grano, garbanzos…). Aquí había la costumbre de pagar también con una parte de la cosecha al maestro, al barbero que iba por los cortijos, etc.

Trujillo era un hombre mayor cuando yo lo conocí, y no tenía esposa ni hijos. Cuando ya no podía trabajar, vivía en Tarifa, y como conservaba amistad con mi padre, se venía a la tienda a charlar con él.

Antes del maestro Trujillo hubo otro maestro ambulante: el maestro Castillo. Mi padre y mis tíos, que fueron sus alumnos, hablaban mucho de él.

En mi casa no había libros. En la de mi abuelo sí. Compraban novelas por entregas, y recuerdo que unos leían y otros escuchaban. Un hombre que vivía en el cortijo iba a diario al mercado de Tarifa para vender la leche de las cabras y vacas directamente, y a hacer los encargos del cortijo. Y él llevaba el periódico.

En el campo, en aquellas fechas, no había ninguna formación religiosa. No la tenían los abuelos ni los padres, y por lo tanto no podían transmitirla. La gente del campo no iba a las romerías sólo por la cuestión religiosa, sino por la costumbre de la fiesta, para conocer a alguna chavala. Bailaban y cantaban el chacarrá, y muchas veces las declaraciones de amor se hacían cantando.

Mi madre, que se había criado en Guadalmesí, había aprendido con un maestro en el campo, a quien yo no conocí. Cuando vivíamos en el cortijo Alto, ella se buscaba un tiempo entre sus quehaceres y nos enseñaba a leer y escribir a los hermanos.

La persona

– Antonio Escribano Pacheco

Nació en 1927 en el cortijo de Ramos (Tarifa). Su padre se crió en el cortijo de Ramos y su madre en Guadalmesí. Con dos años, Antonio se trasladó al cortijo Alto, en Guadalmesí, y siguió realizando estancias en el cortijo de Ramos, con sus abuelos. En 1934 la familia se trasladó a Tarifa.

Eran seis hermanos y cuatro de ellos murieron pequeños. Su padre llevaba una carnicería y su madre una tienda. Él hizo el examen de ingreso en el bachillerato con nueve años. Dejó estos estudios debido a la guerra de 1936-39, y estudió comercio varios años.

Se casó en 1954 y tuvo un hijo. Trabajó en la carnicería hasta que se jubiló en 1992.

Testimonio ofrecido en 2013.

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