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El maestro le daba lección mientras él cuidaba las cabras

El testimonio

– El maestro Jerónimo le daba lección en el campo, mientras él cuidaba las cabras.

Mi maestro de campo se llamaba Jerónimo. Él venía a mi casa para enseñar a mis hermanos, pero yo no estaba allí; desde los ocho años yo estaba sirviendo amos. Dormía y comía en la casa de los dueños de las cabras que guardaba. No estaba muy lejos de mi casa, pero yo sólo iba allí para cambiarme de ropa.

Jerónimo venía a darme lección mientras yo estaba con las cabras. ¡A veces tenía que dejarle y salir corriendo tras las cabras! Conmigo estaba un día sí y otro no. Este maestro me enseñó desde los doce hasta los quince años. Me daba un repaso a la cartilla y a la enciclopedia, y ya se iba a dar clases a otros chiquillos. Yo llevaba la enciclopedia en la capacha, junto a la comida.

Él daba clases de casa en casa. Donde le cogía la noche, cenaba y se quedaba a dormir. Allí desayunaba pan macho (que se hacía en la misma casa) con aceite, o con manteca, si había. Seguía por el campo para dar lecciones en otra casa una hora y media, y se iba con bulla para otra casa. Cuando tocaba, almorzaba: puchero, gazpacho o sopa, de tomate o de ajo, con pan. Y otra vez al campo. Cada dos o tres días pasaba otra vez por el mismo sitio.

Era un hombre bajillo, siempre con el bastón enganchado en el brazo; parece que lo estoy viendo. Él no tenía su casa. En una de las casas le asistían la ropa: se la lavaban y arreglaban. Cuando nosotros nos casamos (en 1958/9) todavía enseñaba por ahí. Recuerdo que vino un día a comer a la casa.

Se decía que era gay (homosexual). Cuando le veían acercarse por el campo, con la carpetita debajo del brazo y sus cosas para enseñar, los zagales decían “¡Ahí viene Carmelita!”. Las cosas de los zagales…

Había otro a quien le llamaban La Valenciana, que era muy grande y alto, y hacía su recorrido por La Ahumada y La Angostura. A este maestro le conocí cuando era chiquitillo. Él venía a la casa donde trabajaba mi familia, a dar lección a mi hermano y a un zagal que tenía el vaquero de la casa.

Tiempo después estuve tres años en La Tabla, trabajando de temporil para las faenas del campo con Juana López. Ganaba un duro al mes. Ya metido en quintas, un peón caminero me dijo, “tú, cuando vayas al servicio, tienes que saber leer bien y escribir una carta, y yo te voy a enseñar”. Durante unos meses, por la noche, después de trabajarla a Juana López, me iba con él. Hasta que aprendí todo lo que necesitaba.

La persona

– Francisco Díaz Castro

Nació en 1933 en la cañada de Matatoros (Tarifa). Desde los ocho años trabajó como cabrero y más adelante, de temporil en un cortijo cercano. Se casó en Matatoros y allí nacieron sus hijos.

Vive en Tarifa.

Testimonio recogido en 2012.

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