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Donde comía el maestro, comía también su esposa

El testimonio

- Donde comía el maestro, comía también su esposa

Hacia 1946, el maestro Andrés Señor venía a dar clase a mis hermanos. Mi hermana Isabel no sabe nada; ella era mayor y estaba con la tarea de la casa. Yo era chica y quería jugar y aprender; estaba encima, mirando, porque me gustaba cómo explicaba. Entonces mi madre le dijo al maestro, “¡Venga, dale clases también a la niña!”. Estuve unos cuatro meses con él.

Cuando el maestro marchó seguí aprendiendo, porque me gustaba. Aprendí sola; ¿para qué voy a decir otra cosa? Con cartillas, iba juntando las letras, la “a” y la “b”, e iba leyendo. Me gusta leer los papeles. Me canso y lo dejo, pero me gusta.

Hubo un maestro que vino con la familia. Donde daba clase el marido, iba la mujer. Ella no enseñaba, pero cuando tocaba comer, comían los dos. Donde comía él, comía ella. Paraban donde un vecino, debajo mío. Y cuando daba clases a mis hermanos, los dos venían y los dos comían. Él hacía fideos. Tenían hijos, que eran de mi edad.

Antes los críos se dedicaban a los bichos, las cabras, las ovejas, los pavos… Yo he bregado mucho con los bichos. Y antes no había ropa de lluvia: un saco amarrado a la cintura y otro saco de capucha. Unas chanclas de goma, y llenita de agua. Y yo les digo ahora, “¡no quejarse mucho!”.

No había agua ni había luz. Un periquillo de gas y un fogarín en medio de la casa. Ni chimenea ni nada. Y la casa neeegra, negra de humo. Esa era la vida nuestra. ¿Y qué? Así nos criamos todos, gracias a Dios. Por la mañana se levantaba una, se sonaba los mocos, y eso era tizna todo. Esa es la realidad de nuestra época.

En el pueblo, no sé yo; pero en el campo, entonces, las clases no eran como las de ahora. Las viejas decían, “aprendiendo las cuatro reglas, con eso tienes bastante”. Yo llegué a sumar, restar y multiplicar.

Pasaron muchos maestros. Se iba uno y venía otro. Religión no enseñaban, y la gente tampoco se lo pedía. Aquí no se escuchaba de eso hasta que llegó un cura aquí abajo para darnos la comunión a todos los mayores. Ni había tiempo para eso. Si había misa de difuntos se iba, pero nada más.

La persona

- Antonia Delgado Gómez

Nació en 1939 en La Ahumada. Su familia vivía del campo. Allí se casó y sigue viviendo. Es la más pequeña de seis hermanos.

Testimonio recogido en 2012

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