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Diego Canastos en la memoria de su alumnado

Diego Canastos es recordado con respeto por alumnas y alumnos suyos. A través de su memoria podemos rescatar parte de la vida de este maestro ambulante represaliado.

Diego Lozano Meléndez era hijo de Francisco y Sebastiana. Nació en Tarifa en octubre de 1879. Su madre tenía por apodo la Canasta y Diego era conocido como “el hijo de la Canasta”. De ahí derivaonr otros apodos como “Diego Canastos” o “Diego el de los Canastos”. No sabemos si Diego tenía otras dedicaciones pero es seguro que entre los años 20 y 50 del siglo XX trabajó por los campos de Tarifa como maestro ambulante. En los montes de Tarifa su nombre es muy conocido. Las informaciones primarias que nos aportan las mujeres y hombres entrevistados son que era homosexual y que durante la guerra de 1936-1939 estuvo huido en el monte por ser de izquierdas (perteneció a la UGT de la aldea de Facinas). Al tratarse de dos realidades especialmente criminalizadas y estigmatizadas durante el franquismo, no es extraño que hayan circulado diversas versiones e interpretaciones sobre su vida. Algunos testimoniantes que afirman haberle conocido de cerca no han querido entrar en detalle.

Curro Gil Serrano, nacido en 1931 en Puertollano y emigrado muy joven a Barcelona, recuerda a Diego Canastos como un hombre “bajito, rubio, con los ojillos azules”. Cuando tenía 33 años Diego estuvo en Brasil, uno de los muchos destinos migratorios de las familias de esta comarca. En los libros de embarque del archivo del Museu da Inmigraçao do Brasil aparece registrado Diego Lozano Meléndez, de nacionalidad española, soltero, originario de Tarifa. Se embarcó en el vapor Cavour el 9 de noviembre de 1911 con destino a Rib. Preto, a donde llegó el día 25 del mismo mes.

Pocos años después Diego vivía de nuevo en Tarifa. Manoli Delgado me contó que Diego se casó cuando tenía 35 años con su prima hermana María Meléndez Serrano. Según el expediente militar abierto en 1939 tras su detención (cuando Diego tenía sesenta años) vivía separado de su esposa desde 1914. Camila Jiménez Trujillo, que nació en 1927 y se crió en el cortijo de Las Piñas, explica lo que le contaron sus mayores: “A  María le quedó el nombre de María la Canasta. Cuentan que dejó a su mujer y se marchó con un novio que tenía. No tuvieron hijos”.

Curro Gil añade: “La Canasta un día estaba hablando con mi madre y… las cosas las escuchas, algunas las grabas y otras no. Mi madre le dice a La Canasta, ¿pero tú no notaste nada, hija, tanto tiempo hablándole? Y La Canasta, llorando, le dijo a mi madre, pues hija, no lo noté”. Manolo Lara, nacido en 1936 en Los Majales, donde su padre tenía un cortijo, explica que María La Canasta se juntó después con uno de los Paco Pepes y que no tuvieron hijos.

Como maestro ambulante antes de la guerra de 1936-1939

Alfonso Alba Escribano nació en 1946 en Tarifa y se crió en la dehesa de Los Zorrillos. Alfonso se refiere al aprendizaje de su madre, nacida en 1916 en el cortijo de Ramos: “Mi madre sabía leer y escribir correctamente. Tanto ella como sus hermanos y unas primas habían tenido un maestro particular ambulante. Sería hacia 1924 ó 1925”. Esto nos indica que también las mujeres aprendían con maestros ambulantes, y que en los mismos cortijos esa era a veces la única opción de aprendizaje.

Su primo Antonio Escribano Pacheco nació en 1927 en el mismo cortijo de Ramos, que era de su abuelo paterno. Antonio tiene muchos recuerdos del cortijo de Ramos porque pasaba allí muchas temporadas con su abuelo paterno:

“Al maestro Diego Canastos lo conocí yo en el año 1933, y ya era un hombre mayor. No lo conocí como maestro sino accidentalmente, en un incidente. Antiguamente, en cada distrito del campo, con motivo de fiestas religiosas se organizaban fiestas y se montaba una especie de bar. Si algún propietario tenía vaca, se ponía de acuerdo con el que organizaba la fiesta y montaba un herradero. Cuando yo era mayor y vivía en Tarifa, iba con mis primos a caballo a estas fiestas. Podíamos estar toda la noche si había varias fiestas en la zona. En un herradero de esas fiestas, en Piedra Cana hubo un incidente y se le nombró mucho. Yo tenía siete años y recuerdo lo que me explicaban mi tío y mi abuelo, que me habían llevado a caballo al herradero: había hecho una cosa que no era correcta, y como era en el 33 y el ambiente estaba revuelto, quizás aquello tenía un matiz político”.

Antonio Escribano cierra así sus recuerdos sobre Diego Lozano: “A Diego lo nombraban mucho en el cortijo, porque dedicaba su vida a ir por el campo y visitar a la gente de los cortijos”. Es probable que las visitas a los cortijos por Diego tuvieran una misión de concienciación política, además de enseñar como maestro, pues tenemos constancia de que fue presidente del sindicato socialista Unión General de Trabajadores de Facinas (aldea vinculada a la zona de Puertollano) entre agosto y noviembre de 1933.

Se esconde en el monte y sigue enseñando

Con la ocupación de Tarifa por las tropas franquistas, mucha gente emprende camino del frente y otras familias se esconden en el monte en casas de conocidos. Comienzan los asesinatos selectivos de personas relacionadas con los cambios durante la Segunda República. Diego teme por su vida y se esconde en los montes cercanos. Eduardo del Río Delgado nació en 1944 en Tarifa. Su padre, criado en esa zona, le habló de algunos lugares donde Diego vivió escondido durante la guerra: “En la Sierra del Palomo, en la Dehesa de Longanillas tirando hacia El Paredón, en una hueca que hay en El Tajo de la Ventana”.

Juan José Señor López, nacido hacia 1950 en Las Higuerillas, da una ubicación similar de su escondite en un comentario de este archivo: “Por esa época y según mi madre había un escondido en el abrigo del Tajo de Joraz, en la sierra de El Paredón (cerca de La Ahumada). Ella estaba un día jugando, con 13 ó 14 años, junto con su hermano Rafael, dos años menor, y el escondido les asustó lanzándoles piedrecitas. El maestro acertó con sus intenciones, pues los niños volvieron a casa asustados porque en el Tajo de Joraz un espíritu les había tirado piedras. Mi madre no conoció personalmente al maestro (o quizás le conoció y no sabía de quién se trataba), pero su padre, mi abuelo, sabía que estaba allí y también contribuyó a darle alimento. Mi abuelo, un personaje famoso, era conocido como Requena”.

Candelaria Ibáñez Atanasio nació en 1930 en Longanillas (La Palanca). Su madre tuvo diez embarazos (dos de mellizos) y seis hijos vivos, cuidaba a los animales mientras su marido trabajaba en el carbón y en la corchas, y murió de tuberculosis cuando Candelaria tenía 9 años (en 1939). Candelaria calcula que por esas fechas detuvieron a Diego. Cuando le comento que estuvo escondido en el monte se muestra sorprendida: “cómo lo sabes?”. Le explico que me lo ha dicho mucha gente y que está escrito. Entonces se decide a contarme y me propone mostrarme la cueva.

“Yo me acuerdo de Diego el de los Canastos. Ese hombre durante la guerra de día estaba escondido en una laja que hay en La Palanca (La Ahumada) que es como una cueva. Yo he estado en ese boquete. Tiene un escalón grande y si llovía no se mojaba. Y en Longanillas estuvo en La Laja Joradada. Si lo cogían lo mataban, aunque él no había hecho daño a naide; ¿para qué lo querían coger? De noche bajaba a darles lección a los niños. Porque entonces había mucha más gente por aquí. Bajaba donde una tía mía que tenía dos hijos y donde mucha otra gente. Como daba lección a los chiquillos le daban de comer y le daban pan para el día siguiente. Y nadie decía que estaba escondido. ¡Pasaría el hombre miedo y frío!”.

Juan Atanasio Moya nació en La Ahumada en 1938, noveno de diez hermanos, me explica: “Yo no llegué a conocer bien a Diego. Yo era muy pequeñito y tengo un recuerdo muy lejano, pero mis padres y mis tíos me lo contaron. Se escondía en una cueva que algunos le decían La Cueva de Diego y otros La Cueva del Tío. Era una piedra en visera y allí delante hizo él un muro de piedra para resguardarse del frío y la lluvia. Allí dormía él, sobre unos helechos. El nombre de la cueva se lo pusieron cuando vino Diego; antes no tenía nombre, era una piedra que había allí, nada más”.

Abrigo llamado Cueva del Tío, en La Ahumada (Tarifa). Imagen aportada por Manoli Delgado.

Continúa: “Él vivía en esa cueva porque estaba juído de cuando la guerra, y lo buscaban; tú sabes que unos venían de un lado y otros de otro lado. Mientras estaba escondido en la cueva sólo salía de noche y daba lección a los niños. Dicen que enseñaba bien y que sabía mucho. Así se ganaba sus perritas. Otros vecinos le daban la comida o alguna cosa. Y si alguien iba a Tarifa le encargaba algo que necesitaba”.

“La gente de la sierra estuvieron escondidos por El Ojén y las sierras de Los Barrios. Secuestraban a mucha gente, pedían una cantidad y si no la recogían los mataban. Pero él estuvo nada más que escondido y dando clases a los chiquillos. La Guardia Civil no había dado con él. Aquí era difícil entrar, pues no había carreteras hasta hace poco: en 1968, cuando me casé, hicieron la pista para entrar a La Ahumada”.

Es detenido y encarcelado

Candelaria me explica indignada: “Lo chivatearon. Lo detuvieron pero no lo mataron. Yo sé quién lo chivateó y te lo voy a decir: fue un tío mío que fue municipal. Este hombre era muy malísimo y muy celoso. A su casa no podía llegar nadie porque entonces él decía que se acostaba con la mujer. Ella se aparto de él y se juntó con otro hombre”.

Diego fue condenado por adhesión a la rebelión a prisión perpetua y se absolvió a los demás procesados. En el Archivo del Tribunal Militar Territorial Segundo, Sevilla se encuentra la Causa 451 de 1939, Consejo 86 del Procedimiento contra Diego Lozano Meléndez. Algunos pormenores del proceso quedan recogidos en la entrada Represión franquista contra el maestro Diego Lozano Meléndez. 

Dada la perversión y la crueldad del sistema judicial franquista, y considerando que era evidente el compromiso ideológico de Diego y que había logrado sortear la vigilancia  de la Guardia Civil durante casi tres años, sorprende que no se le condenara a muerte y que no hubiera pena de prisión ningún vecino. Como dice Juan Atanasio, “tuvieron suerte, porque todos los vecinos sabían que estaba allí y le ayudaban; el hombre necesitaba sobrevivir y no había hecho daño a nadie”.

Abrigo llamado Hoyo Quintero en La Ahumada (Tarifa). Imagen aportada por Manoli Delgado.

Juan sugiere un motivo para una pena relativamente benevolente: “Alguien había en Tarifa que pudo mover las cosas y al final los sacaron”. En la explicación de Curro Gil Serrano cobran protagonismo los grandes beneficiados por su enseñanza durante esos penosos años escondido: “Fueron unos niños. Los padres reunieron a los niños para que dijeran que él daba clases de religión y que no era comunista. Así lo salvaron”.

En enero de 1940 llevaron a Diego desde la prisión de Escopeteros en Algeciras a la prisión de El Puerto de Santa María. En 1943 se le conmutó la reclusión perpetua por seis años de prisión, como se haría con muchos otros prisioneros, dada la insostenible situación de hacinamiento y abandono de las prisiones franquistas que derivó en graves epidemias y una gran mortalidad. En septiembre de 1945 sería archivada su causa.

Continúa trabajando como maestro ambulante

Cuando Diego salió de la prisión volvió a Puertollano, donde vivían amigos y familiares; y también María la mujer con quien se había casado. En ese mismo lugar enseñaba otro maestro ambulante también reconocido por sus ideas comunistas: Francisco SalmerónCurro Gil me explicó que Diego conoció a Salmerón en la cárcel, pues también había sido represaliado: “Hicieron amistad. Salmerón era de Granada. Diego le animó a venir a trabajar aquí como maestro ambulante, porque no podía volver a su tierra. Cuando salió de la cárcel vivieron durante un tiempo juntos y dando clases.”. Antonio Gil, nacido en Puertollano en 1931, dijo que Diego dormía donde un vecino llamado José Meléndez.

Quisco Trujillo Aguilera, nacido en 1935 en Pedro Valiente, donde su padre trabajaba como agricultor, afirma que Diego Canastos enseñaba a las familias de esa zona durante su infancia. Cuando le conoció no sabía sobre su pasado; lo supo de mayor. Quisco ha colaborado en radios locales y a sus 79 años sigue haciendo de intermediario y recadero para los comerciantes. Él no aprendió a leer y escribir con Diego, “porque cuando llegaba a la casa, mis hermanos y yo nos escondíamos en el huerto. No queríamos… ¡Cosas de chiquillos! Yo aprendí solito. Había entonces un control en el desvío al Santuario, cerca de nuestra casa, y un soldado que estaba allí me trajo una cartilla para aprender a escribir”.

Rafa Meléndez, criado en Puertollano, recuerda: “Tuve un maestro de pequeñillo, tendría nueve o diez años, a quien le decían Diego el de los Canastos. Los hermanos dábamos clase con ese maestro. Venía por la noche porque nosotros de día estábamos siempre con los animales. Me entraba sueño y él me daba un cocotazo. Eso es lo que más recuerdo. Un crío de esa edad que tenía que madrugar y todo el día guardando animales de noche estaba rendido. Había días en que Diego no venía porque llovía mucho y los críos nos poníamos contentos: “Hoy no vendrá el maestro”. Cuando el maestro venía mi padre le sacaba la manteca y el pan macho. Aprendíamos con el Catón, que le decían, y una pizarrita. Aprendí a leer y a escribir algo. Ortografía, ninguna”.

Muchos maestros ambulantes dejaron su duro oficio cuando la edad no les permitía caminar decenas de kilómetros al día, subir y bajar montes por veredas pedregosas, enfrentarse a los bichos montunos y recorrer de noche los caminos. Otros escogieron la vida sedentaria una vez que se casaron y tuvieron hijos. Pocos mantuvieron esta ocupación hasta sus últimos días, aunque no todos: es el caso de José Tejado Navarrete y de José Pecino Ríos, cuyas historias se recogen en este archivo.

Falleció en 1951, con 72 años, en el Hospital de Tarifa (asilo y hospital a cargo de las religiosas de la Inmaculada Concepción). ¿Hasta cuándo daría clases de forma itinerante? ¿En qué condiciones físicas y mentales sobrevivía este anciano curtido y zarandeado por las duras condiciones de vida en el monte y por los prejuicios sociales y la represión ideológica de su tiempo? Él estuvo decidido a continuar con su oficio de enseñante y dar oportunidades a la población más olvidada de Tarifa… ¿acaso tuvo otra opción?

Un ambiente de control y denuncia se respiraba en esas décadas, que en muchos casos desembocó en el aislamiento social de las personas señaladas. Lo cierto es que sus alumnos y vecinos no le molestaron ni mucho menos lo expulsaron de la zona. Muy al contrario lo acogieron y siguieron valorando su aportación como maestro ambulante. Y hoy en día lo recuerdan con compasión y respeto. Manolo Lara afirma que María La Canasta conservaba en su casa libros de Diego: “libros gordos de historia, cuentos y novelas. Porque por las noches en una casa se reunía la gente y uno que sabía un poco cogía un libro e iba leyéndolo para todos”. Cuando menos valoraban el saber que la lectura en grupo y los libros de Diego encerraban.

2 comentarios

  1. Natalia Díaz

    Una historia dura y digna de admiración. Gente que arriesgó su vida por creer en la educación, en la cultura, en el derecho de todos al conocimiento y a la formación. Gente que pasó penalidades físicas, no sólo por una guerra, sino por lo difícil de las circunstancias en el ámbito rural, por los muros que a menudo supone una mentalidad estrecha, por la falta de apoyo económico…
    Cuánto tenemos que aprender de personas así y qué triste que hayan quedado ellos y sus valores en el olvido… si no fuera por iniciativas como la de este blog, que les intentan restituir la dignidad y el valor increíble de lo que hicieron, así como lo que significaron para nuestra sociedad.
    GRACIAS mil a ellos, los maestros de campo! GRACIAS por este blog!

  2. Asun Vicente

    ¡Ohhh! ¡Qué investigación has hecho una vez más! ¡Es maravilloso este tema que tocas y desconocido. Sacas a la luz algo realmente increíble. No he leído todo… apenas la presentación del blog y he echado un vistazo al resto por encima, pero volveré porque me he quedado enganchada. Muy interesante. Felicidades por tu trabajo. Muchas gracias. Un abrazo fuerte.

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