«

»

Convivió con el maestro José Pecino Ríos

El testimonio

– Convivió con el maestro José Pecino Ríos

Hacia 1973 José Pecino Ríos, que era de Los Barrios, llegó a Longanilla y estuvo viviendo con nosotros hasta que yo tenía trece. Eso es todo lo que estudié, porque no llegué a ir a la escuela. Mi padre había escuchado que daba clases por La Ahumada y fue en su busca. Le ofreció desayuno, cena y cama, aparte de pagarle un poquito por las clases, como compensación por ampliar su recorrido para llegar hasta nuestra casa. Él vivía en nuestra casa, donde tenía su cuartito, que era una apartado de la cocina.

Su ruta diaria, incluidos sábados y domingos, empezaba por la mañana después de desayunar. Salir de nuestra casa, subir un kilómetro por una senda hacia el camino de zahorra que comunica la carretera de Algeciras con Puertollano, y caminar tres kilómetros y medio hacia la Ahumada. Llegaba a donde Manoli, enseñaba su hermana, y después a tres chicos que vivían en la parte de abajo de La Ahumada. Después seguía hacia el cruce de El Palancar, donde daba clase a los chicos mayores de una casa.

Regresaba a La Ahumada, donde daba clases y almorzaba en la casa de Gabriel Román. Volvía a la pista principal y se encaminaba a nuestra casa por la senda. Hacia las seis llegaba para darnos clases a los tres hermanos (dos chicos y una chica), durante dos horas o tres. Y a la noche cenaba con nosotros.

Era muy educado y tenía mucha paciencia. Si hacía falta repetir cincuenta veces una cosa a un chiquillo, cosa que solía pasar con los niños del campo, cincuenta veces se lo decía. Usábamos la cartilla y la pizarrita negra, que se limpiaba con un trapito mojado con agua. Cada uno teníamos una enciclopedia antigua, y él usaba un libro de lecturas y otro de cuentas. Recuerdo que tenía una letra muy bonita.

Él nos contaba anécdotas de su vida y sobre la gente de Los Barrios. Era muy sociable y hablaba mucho. Nos explicaba que de joven había estado trabajando en el campo (el carbón, el corcho…), como su padre, y como había aprendido de otro maestro ambulante y le gustaba la enseñanza, empezó a enseñar en dos o tres sitios de Los Barrios. Imagino que al final se vio obligado a seguir haciéndolo, porque no tenía otra forma de sobrevivir.

Le gustaba mucho el vino. Durante la clase no bebía, pero en otras ocasiones sí. Yo creo que se refugiaba en el vino, por la soledad. Franco no le gustaba a él; recuerdo perfectamente que se alegró mucho cuando murió.

José fue perdiendo progresivamente la vista, aunque por la práctica diaria se sabía el camino. Allí en la montaña, cuando se mete la niebla es difícil moverse. Un día se retrasó mucho por la tarde. Eran las seis y media y el hombre no aparecía. De repente oí una voz, “¡Joseeeé…! ¡Joseeé…”! Con la niebla que se había echado en la falda de la montaña no podía avanzar. Le di una voz para que me esperase y subí a recogerle.

Por último, se le fue la vista. Estaba subiendo por un caminito que desembocaba en la pista, se quedó ahí quieto, sentado, hasta que un vecino se lo encontró y le llevó a nuestra casa. Lo llevaron al Hospital de Algeciras, le estuvieron mirando, y desde allí lo ingresaron directamente en la Residencia de Ancianos de Algeciras. Después le mandamos en un bolso grande la ropa que tenía en casa, y su material de lectura y enseñanza. Fuimos algunas veces a verlo, y la última vez nos dijeron que había fallecido.

La persona

– José María Sierra Moreno

Nació en 1965. Sus padres nacieron en los años veinte. Su madre se casó joven y cuando tenía tres hijos, con 22 años, su marido enfermó de cáncer y murió. Volvió a casarse y tuvo otros tres hijos, entre ellos José María.

Vivían en Longanilla (Tarifa). Todos trabajaban en el campo. Tenían cabras, ovejas y vacas, y sembraban una huerta grande.

Nunca fue a la escuela, y actualmente realiza el curso de acceso a la universidad para mayores de 45 años.

Testimonio recogido en 2012.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *