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Aprendió con los maestros Jerónimo Caramé, Eugenio Cabrera y El Requetem

El testimonio

– Aprendió con maestros pedáneos que vivían en la zona: Jerónimo Caramé, Eugenio Cabrera y El Requetem (Antonio Cárdenas López)

Mi padre sabía leer y escribir, y mi madre también. Y de los vecinos que teníamos, casi todos sabían leer. No sé cómo aprendieron. Yo le escuché a mi padre hablar de un maestro que enseñaba en una escuela rural en Guadalmesi, llamado don Amador. Pero eso debió cerrarse cuando la guerra, porque cuando yo era chico allí no había escuela.

Cuando yo tenía diez o doce años (1944 ó 1946) me dio clase un maestro llamado Jerónimo Caramé. Me parece que se había criado en Huelva, y no sé si vino de soldado. Se casó con una tía mía y se dedicaba a dar clase a toda la gente de su edad, de casa en casa. Enseñaba muy bien. Él se fue para Algeciras, y allí puso una escuela particular.

Después dio clases un tal Eugenio Cabrera, de Canarias, que era cuñado de un sargento destinado por aquí. Vino a inicios de los años cincuenta acompañando a su hermana. Ese hombre sabía mucho, aunque no tenía título. Al principio vivía con su hermana en El Tolmo, cerca de Getares (Algeciras), donde estaba el cuartel de la Guardia Civil y dos o tres cortijos. Venía andando todos los días por la costa varios kilómetros hasta Arenillas y luego a Guadalmesí. Después de tres o cuatro años, se quedaba a dormir en un cuarto que le dio un vecino.

Usábamos la cartilla, un manuscrito y el Catón. Y ya por último, la Enciclopedia. Usábamos pizarra y cuaderno. Y para no gastar pizarrín, cogíamos trozos de caliza y los afilábamos.

El Requetém, otro maestro, al principio iba donde nosotros. Como los chiquillos salíamos a guardar los animales, él nos daba clase donde estaban los animales y nos dejaba la tarea. Leer y escribir, las cuatro reglas y poco más. Ya después venía por las noches. Una noche reunía a unos cuantos en una casa, y otra noche iba a donde otros vecinos. A Guadalmesí, Arroyo Viñas y todas las aldeítas.

Al Requetém le decían así porque había sido requeté, pero se llamaba Antonio Cárdenas López. Ya murió. Este hombre no tenía título de maestro; sabía un poquillo y como entonces no había otra cosa, se dedicó a enseñar. Vivía con su madre; no se casó. Era muy raro, lo mismo que su familia: usaba varias ropas, una encima de la otra, y un montón de pañuelos, uno para cada cosa. Llevaba siempre los calcetines metidos por encima del pantalón. Parecía un figurín.

Él se crió en Arenillas. Tenía unos cincuenta años cuando nos daba clases. Era muy poquita cosa, y para trabajar no estaba hecho. Además, el hombre no comía en cualquier lado. Cuando su madre murió, alquiló un cuartito en Guadalmesí y se vino para aquí. Cobraba lo que podían darle. Si hoy le tocaba dar clase en mi casa, comía ahí. Iba por la noche a otro lado, cenaba allí. Y la mujer de un primo hermano mío le lavaba la ropa, a cambio de dar clases a los dos o tres chiquillos que tenía. Él siguió dando clases hasta que murió, con unos sesenta años.

Ya más maestros pedáneos no tuvimos, sino la vida en el campo; y trabajar muchísimo. Con los maestros pude aprender a leer y escribir, y las cuatro reglas. Me he podido arreglar.

En los años 40 y 50 había muchísimos vecinos, porque las familias tenían muchos hijos. Del río Guadalmesí hacia Arroyo Viñas había 30 ó 40 vecinos, y de la ribera de Huertas para arriba había más. En los años 60, el agua del manantial de El Palancar, que alimentaba al río Guadalmesí, se la llevaron canalizada para Algeciras. Y nosotros, que vivíamos más que nada de las huertas (que había 20 ó 30), nos quedamos sin alimento, porque se secaron.

Vi que en el campo no podía seguir. Cuando recogía uno en primavera, había que pagar las rentas y pagarlo todo; y en el verano no había bastante cosecha y había que pedir para comer. Mis hijos no tenían escuela. Me fui para Algeciras, y tuve mucha suerte: me coloqué en la fábrica de latas Metalsa (Mategráfica Malagueña, que hacía las latas para las conserveras de pescado), y allí me he tirado 18 años. Cuando cerró la conservera y cerró la fábrica, ya yo me había jubilado.

La persona

– Francisco Gutiérrez Fernández

Nació en 1934 en Guadalmesí. Es el mayor de cinco hermanos. Sus padres nacieron en Guadalmesí, donde cultivaban una tierra arrendada. Con ocho años empezó a guardar animales. Durante su adolescencia tuvo el paludismo.

En la posguerra, con el racionamiento de trigo, su padre lo escondía y amasaban de noche; y hacían pan de cebada, que no estaba racionada.

Su padre puso una cantina en Guadalmesí y el camión de intendencia de los soldados le traía las cosas de Algeciras. Luego trabajó en el arsenal de Gibraltar. Su madre se quedó en el campo, y poco después se fue a Algeciras con sus hermanos. Al volver del servicio militar, Francisco se hizo cargo de los animales.

Cuando se casó (1962) y tuvo a sus hijos decidió dejar el campo y se fue a Algeciras.

Le gusta mucho leer.

Testimonio recogido en 2012.

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