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Aprendió con el maestro de campo Antonio Gómez

El testimonio

– Aprendió con varios maestros de campo; el segundo fue el barbero Antonio Gómez

Antonio Gómez fue el segundo maestro que vino, cuando Araújo no podía, por su edad. También se llegaba en un burrito, tempranito. Esto fue antes de la guerra. Era barbero pero ya no trabajaba como barbero. Estaba casado con una prima de mi padre, Chana Gómez Trujillo, y tenían un hijo. Vivían en Facinas.

Su hijo, que se llamaba como él, Antonio Gómez, también era barbero e iba andando por todos los campos: Betis, Las Piñas, Patagalana… Llevaba unas alpargatas y unas alforjas blancas al hombro, donde guardaba los utensilios para afeitar y la maquinilla para pelar a los hombres. Recuerdo que mi madre ponía agua a calentar en un cacharrito que él traía. Antonio echaba el día entero caminando por los campos y afeitando en las casas, a la noche regresaba a Facinas, y al otro día cogía para otra zona.

Antonio el padre era muy limpio y siempre iba muy arreglado. Si hacíamos algo malo, porque yo era muy traviesa, mi madre se lo contaba a él. Y al final de la clase, él me preguntaba, «¿no tienes nada que contarme, Camila?».

En mi casa había unos pollos con el pescuezo pelado, que les decían gallipatos. Yo tenía que limpiar la porquera, y venían los pollos a dejar sus necesidades. Un día cogí a uno, le torcí el pescuezo y lo lancé al huerto. Al rato vi venir al pollo tan espabilado, con que comprobé no le había matado. Al día siguiente, cuando terminamos la lección y nos persignamos, dijo el maestro: “ahora, Camila coge el pollo, le retuerce el cuello y lo echa para el huerto”. Para que yo pensara en aquello.

La persona

– Camila Jiménez Trujillo

Nació en 1927 y se crió en el cortijo de Las Piñas (Tarifa), de Mariano Moreno de Guerra. Su padre trabajaba con los arrendadores del cortijo como porquero.

Los siete hermanos (mujeres y hombres) ayudaban a su padre, criaban cabras, gallinas y pavos y atendían el huerto. Las mujeres también lavaban cosían y planchaban por encargo.

Vendían alimentos a los soldados del campamento militar de Las Moscas y a los prisioneros republicanos que en los años 40 trabajaban en Bolonia.

En 1955 se casó y se trasladó a Tahivilla, donde su marido trabajaba una parcela de tierra.

Ofreció su testimonio en 2012.

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