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Aprendió con el maestro de campo Rafael Araújo

El testimonio

– Aprendió con varios maestros de campo; el primero fue Rafael Araújo 

Nuestra casa era muy pequeña, y al lado tenía la cocina. Estaba también el cabrero, que vivía más cerca del cortijo, casi en el monte; el vaquero y otros trabajadores. Había por lo menos siete familias, con tres o cuatro hijos cada una; menos nosotros que éramos siete.

Mi padre y mi madre sabían leer y escribir (no sé cómo aprenderían, pero no pasaron por una escuela). Mi padre se ocupó siempre de buscarnos un maestro, porque quería que aprendiéramos. Todos mis maestros eran hombres que habían aprendido las cuatro reglas y no tenían título de maestro. Se sacrificaban e iban enseñando por los campos, para ganar un poquito de dinero.

El primero que recuerdo, a principios de los años 30, se llamaba don Rafael Araújo, que venía de Las Cumbres (donde vivían varias familias de agricultores) dando clases por las casas. Los Serrano (que eran los arrendadores) también tenían varias niñas y niños, que estudiaban junto con nosotros con el mismo maestrillo; en eso no había diferencia. Ya después, sus niñas más pequeñas se fueron al colegio de las monjas en Tarifa.

Cada uno pagábamos al maestro lo que hacía falta. De mis hermanos, Pedro, Ana, Pepe y yo estudiamos juntos. Quica (Francisca), Curra y Mari Luz fueron más adelante, porque eran pequeñas.

Rafael Araújo era un hombre muy viejecito y venía en un burrito. Siempre estaba acatarrado, y llevaba al cuello un pañuelo de hierbas oscuro (un pañuelo de rayas de varios colores oscuros, entre las que sobresalía el verde) y otro en el bolsillo, para sonarse. A mí me daba reparo, y cuando él quería beber agua, yo le pedía bajito a mi madre que le diera un jarrito de lata (porque entonces no había vasos) que estaba aparte del nuestro.

Él venía todos los días por la mañana, un par de horas. Porque también teníamos que ayudar a mis padres atendiendo las cabras, cochinos, vacas, ordeñarlos, hacer queso, amasar, cernir la harina, lavar la ropa…

Yo recuerdo que usábamos cuartillas, y teníamos tintero y palillero con plumilla metálica. Primero hacíamos los palotes, luego las letrillas. Teníamos El Catón y un libro que le decían Flora, para los tres, que tenía que comprar mi padre. Luego nos ponían a copiar un manuscrito, para no tener faltas de ortografía. Y al otro día le enseñábamos lo que llamábamos la plana, para que lo corrigiera.

Mi hermano mayor, Pedro, de día tenía que trabajar. Y se llevaba hasta las tantas de noche haciendo la plana, porque le gustaba mucho escribir. Con un candil de petróleo que le llamábamos el perico. Y nosotras cosíamos. Mi padre nos decía, “¡que van a perder la vista!”.

La persona

– Camila Jiménez Trujillo

Nació en 1927 y se crió en el cortijo de Las Piñas (Tarifa), de Mariano Moreno de Guerra. Su padre trabajaba con los arrendadores del cortijo como porquero.

Los siete hermanos (mujeres y hombres) ayudaban a su padre, criaban cabras, gallinas y pavos y atendían el huerto. Las mujeres también lavaban cosían y planchaban por encargo.

Vendían alimentos a los soldados del campamento militar de Las Moscas y a los prisioneros republicanos que en los años 40 trabajaban en Bolonia.

En 1955 se casó y se trasladó a Tahivilla, donde su marido trabajaba una parcela de tierra.

Ofreció su testimonio en 2012.

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