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Alfonso Santander Castilla, maestro ambulante

El testimonio

– Trabajó como maestro ambulante para las familias de la finca de El Pedregoso.

Cuando tenía 28 años el cura me dijo que quería que fuera de maestro a la finca de El Pedregoso. «Me han dicho que tú puedes enseñarles y quiero que les prepares para la comunión». Y estuve allí hasta 1972; cuatro años, enseñando a leer y escribir al tiempo que les enseñaba religión.

Yo conocía ya a Ventura Rebolo, el guarda de la finca, y a las familias donde iba a enseñar, porque en el tiempo del racionamiento mi padre repartía las raciones del pan en Facinas, y guardaba las raciones de la gente del campo, que no podían venir en el horario del reparto. Estas familias trabajaban como ganaderos para la finca, vaqueros o cabreros y además tenían sus propios animales y les dejaban varios cochinos para que los criaran, y su huertecito.

Siempre eran muy agradables y muy obedientes. Yo enseñaba a todos los niños que quisieran, aunque ya hubieran hecho la comunión, y a algunos mayores. Unos eran más torpes y otros menos, pero yo insistía con todos. Libros yo no tenía. Yo llevaba carpetín, libreta y lápiz; y cada chiquillo compraba su cuaderno.

Me daba una pechá de andar tremenda. Primero iba en bicicleta, pero todos los días se me pinchaba, hasta que un día la tiré a la cuneta y seguí caminando.

A mí esto me daba para vivir justito: los padres me daban cien pesetas al mes, el cura me daba quinientas, y el señorito del cortijo me daba otras quinientas. En total me llevaba unas tres mil pesetas al mes. Todas las familias ponían a sus chiquillos a aprender y todas me pagaban; unas antes y otras más tarde. Y me daban de almorzar o de cenar donde me tocara. 

Yo no tuve relación con el señorito; ni siquiera lo conocía. Un día venía de la sierra, y al llegar al cortijo vi a un hombre sentado en la entrada. Pensé que era un trabajador y le saludé: «Buenas tardes». Entonces me dijo: «¿Tú eres el maestro? Yo soy don José Quesada, el dueño de esto».

Muchos hermanos mayores de los niños a quienes yo daba clases habían aprendido con otro maestro, Pepe Rondón. Yo no llegué a conocerlo.

Salía de Facinas por la mañana e iba al cortijo de El Pedregoso. Por la tarde subía a un sitio de la sierra que le llamaban La Cuna, y por la sierra de El Pedregoso seguía hacia una cabreriza, donde se juntaban los chiquillos de varias familias: los de Cristóbal Gutiérrez Camacho, los de Gutiérrez Castilla (primo mío), y Alfonso Rebolo (hermano de Ventura), y que otra familia, que eran de Jimena.

Al otro día iba a un sitio llamado El Lobete, donde estaba Antonio González (todavía vive), cuyos chiquillos, ocho o nueve, trabajaban de cabreros. El día que yo venía dejaban las cabras y se venían conmigo.

Un día sí y otro no pasaba la noche en casa de Sebastián Campos, cuñado de Ventura Rebolo, que vivía en una casita a la vera del pantano. Allí daba clases a sus hijos mayores. No se comía mal; un día un cocido, otro día un guiso de arroz… En la zona de El Pedregoso enseñaba a quince niños: los pequeños de Francisca y Ventura (que eran diez en total), y los de otros vecinos. En El Lobeto a tres, en La Cuna a otros tres, los de mi primo eran cinco (los más pequeños de trece hermanos en total), los de Rebolo dos y de Juan Ruiz otros dos, los de Nina Campano dos, y los mayores de Campos, que aprendían de noche, dos o tres. En total, unos treinta y cuatro.

Domingo, uno de los hijos de Nina Campano, se quemó y pasó un tiempo en el hospital, y allí estaban sorprendidos de lo bien que leía. Alguno decía que con lo que yo les enseñé ya no necesitaban estudiar más, porque pudieron sacarse todas las clases de carné de conducir, que era lo que necesitaban para seguir trabajando en el campo.

Dejé de trabajar como maestro cuando mi mujer se quedó embarazada, porque con eso no podía sacar adelante a mi familia. Además, cada vez más familias llevaban a sus niños a la Escuela Hogar de Tarifa.

La persona

– Alfonso Santander Castilla

Nació en 1940 y se crió en Facinas. Eran cinco hermanos.

Su padre nació en Facinas. Estuvo trabajando en el campo y después en una panadería. Murió en 1952. Su madre era ama de casa.

Trabajó en las corchas como aguaor. Fue voluntario al ejército y estuvo cuatro unos años de cabo primero. Trabajó de peón en Facinas, de listero en la construcción de un tramo de carretera entre El Retín y el cortijo de Las Piñas, y en una panadería.

En 1972 se traslada a San Pedro de Alcántara, donde trabajó pasando lista al personal de una obra, en la construcción, de jardinero y en un almacén de bebidas. Actualmente está jubilado y colabora en la parroquia de su barrio.

Testimonio recogido en 2012.

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